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La izquierda y la pedofilia, una historia monstruosa

  Por Amaury Brelet en Valeurs Actuelles  

El blanqueamiento de la pedofilia, incluso su enaltecimiento, como demuestran algunas recientes proclamas de los ultraizquierdistas españoles, no es nada nuevo en la causa del feminismo radical queer. Después de mayo del 68, una parte de la intelectualidad libertaria francesa defendió una de las peores derivaciones de la revolución sexual. En la teoría y en la práctica.


La bomba de relojería ha tardado treinta años en estallar a cielo abierto, con ruido y furor. Todo ha sucedido después de la publicación del libro de la editora y escritora Vanessa Springora, El Consentimiento, donde relata los supuestos abusos pedocriminales que habría sufrido cuando tenía 14 años por parte del escritor Gabriel Matzneff. Así, la imagen de dandi y libertino de este último se ha desvanecido por completo. En 1990, una escritora canadiense llamada Denise Bombardier ya había expresado en una tertulia de televisión lo que pensaba sobre dichas relaciones con menores confesadas en público, pero nadie le hizo caso. “Un grupo elitista manejaba el cotarro. Tenían el poder de publicar, criticar, dar premios… de ahí el silencio hasta hoy”. Peor todavía, hubo una época, no tan lejana, en la que “el amor por los menores” no solo era debatido sino también defendido. “Es patente que el discurso propedófilo tiene sus raíces en la revolución cultural que fue mayo del 68, donde se propugnaba la liberación de los cuerpos y de las sexualidades”, explica la historiadora Anne-Claude Ambroise-Rendu. Eran “tiempos para descriminalizar el amor”, proclamaba entonces una parte de la intelectualidad de izquierdas. En los años 70 y 80, el filósofo René Schérer decía: “El pedófilo trata al menor que desea o que ama como un verdadero compañero sexual”. Y el periodista Guy Hocquenghem decía: “El futuro será una orgía generalizada”, ya que somos “unas máquinas de gozar”. De gozar sin trabas.

A pesar de la marginalidad de su combate, los defensores de la pedofilia se beneficiaban de la complicidad de la prensa progresista. En enero de 1977, Le Monde y Libération publican una tribuna en el momento en que se abría el juicio a tres hombres juzgados por “atentado al pudor sin violencia sobre menores” y en prisión provisional desde tres años antes. “Tres años de cárcel por unas caricias y unos besos, ya vale”, denunciaba la tribuna, redactada por Gabriel Matzneff, el cual evocaba “un simple asunto de moral”. Entre los 69 firmantes figuraban Louis Aragon, Roland Barthes, Simone de Beauvoir, Gilles Deleuze, André Glucksmann, Guy Hocquenghem, Bernard Kouchner, Jack Lang, Catherine Millet, Jean-Paul Sartre, René Schérer y Philippe Sollers. Los detenidos serán finalmente condenados a cinco años de prisión condicional (por lo tanto, liberados) por su crimen, que consistía en masturbación y felaciones recíprocas, orgías y sodomía con menores de 12 y 13 años.  Dos años más tarde, en 1979, Libération volvía de nuevo a publicar otra petición de apoyo a Gérard Roussel, un pedófilo que esperaba juicio desde dos años antes, “encerrado por crimen de amor” por haber abusado de niñas de 6 a 12 años. La carta estaba firmada por Gabriel Matzneff, Georges Moustaki, Guy Hocquenghem, Catherine Millet y... Pascal Bruckner. “Asumo lo que firmé, pero nunca he escrito nada a favor de la pedofilia, al contrario”, dice hoy el filósofo. “Había en esa época un ambiente de laxismo y de tolerancia; había que acabar con todos los tabúes. Ese movimiento se inscribía también en una tradición literaria con Gide y Montherlant, que hicieron del amor por los menores un motivo de creación y recreación. Nos encontramos ante la consecuencia extrema de la revolución sexual y de mayo del 68, en la visión totalmente libertaria de la permisividad, donde nada debía escapar al deseo”. Una deriva que le costó al periódico Libération una avalancha de denuncias ante la Justicia.

Las páginas son demoledoras. Una imagen representa a una niña haciendo una felación a un adulto. ¿Título? “Enseñemos el amor a nuestros niños”. Se incluyen también correos pedófilos; una publicidad por la creación del Frente de Liberación de Pedófilos (Flip) compuesto “por lectores de Libération”; anuncios de contactos de adultos con jóvenes... Todo sirve con tal de acabar con el orden moral burgués y sus valores retrógrados regentados por la justicia, la familia y el capitalismo. Como punta de lanza mediático a favor de la pedofilia, Libération defiende a Roman Polanski, reconocido culpable en Estados Unidos por haber drogado y agredido sexualmente a una menor de 13 años, y se opone a todo umbral de consentimiento. Durante esos años, Serge July, su director, se alegra de que Libération “se haya ganado el título del periódico más perseguido de Francia”, se queja de la “autocensura” de los jueces y compara los ataques a los que sufrió Baudelaire en su tiempo. “Pero la izquierda está lejos de compartir la unanimidad sobre el tema, los revolucionarios de mayo del 68 no se han liberado todos de los prejuicios relativos a la sexualidad y algunos sectores de la izquierda proletaria, que no compartían las costumbres homosexuales, no dudaban en identificar a los pedófilos”, destaca la historiadora Anne-Claude Ambroise-Rendu.

A la derecha, France-Soir y Minute denunciaron, por su parte, “a los que pudren a la juventud como son los pedófilos”, y aquello se convirtió en una guerra mediática e ideológica. Para Minute, “los artículos que defienden la pedofilia son un montón de basura, sus defensores son crápulas abominables y sus seguidores merecerían el más extremo de los castigos”. Bajo el fuego de las críticas de la prensa conservadora, los defensores de la pedofilia practicaban entonces la victimización a ultranza. Fustigaban “el linchamiento”, “la caza de brujas” y se comparaban con los judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial. Enfrente, los opositores eran calificados de “puritanos”, “reaccionarios”, “fascistas” o “nazis”. Tampoco se ahorraban críticas a las feministas. “Los mismos que apoyaban la pedofilia apoyaban también a tiranos como Mao en nombre de una mezcla de permisividad y radicalismo político delirante”, se acuerda el escritor Denis Tillinac. “Por haber dicho cosas contra ellos, he sido clasificado de reaccionario toda mi vida”. El editor rechazó, de hecho, publicar los diarios íntimos de Matzneff en su momento.

En este combate, los militantes gays estaban entonces en primera línea para defender la causa pedófila. El Frente homosexual de acción revolucionaria, creado en 1971, reclamaba ya el reconocimiento de “otras sexualidades”. En la primera marcha del orgullo LGTB en Francia, en 1977, se dedicó a la “pederastia” y a la “sexualidad de los menores”, en el cine Olympic de París, entonces propiedad de Frédéric Mitterrand. Después llegó la revista Gai Pied, fundada en 1979, que luchaba contra la “sociedad judeocristiana y moralizadora” y defendía abiertamente la pedofilia. En realidad, un número significativo de sus partidarios mediáticos eran homosexuales, que ponían sobre el mismo plano pedofilia y homosexualidad, considerando la primera una especificidad de la segunda. “Si la pedofilia era lo mismo que la homosexualidad, entonces era susceptible de ser el objeto de una aceptación progresiva que favorecería el combate político. Así, convenía hacer causa común conjuntamente”, señala el sociólogo Pierre Verdrager. Resultado: “Homologar homosexualidad y pedofilia equivalía a validar la pedofilia por la homosexualidad”.

El héroe de mayo del 68, Daniel Cohn-Bendit justifica hoy su actitud como “provocación” para explicar su discurso en el pasado (cuando hablaba de lo fantástico que era hacerse desnudar por una niña de 5 años), pero ilustres militantes manipulaban las ciencias sociales para justificar obstinadamente su teoría libertaria y su práctica criminal. El filósofo Michel Foucault quiso así suprimir la noción de edad de consentimiento y apoyó a personas encausadas. Por su parte, Françoise Dolto firmó una petición, aparecida en Le Monde en 1977, dirigida al Parlamento y llamando a la despenalización de las relaciones sexuales entre adultos y menores de menos de 15 años con consentimiento. Hace falta “que no haya absolutamente nada entre adultos y menores que se traduzca en prohibición” en la ley, escribía también la pediatra y psicoanalista. La revista Recherches publicaba, en 1979, un número titulado “Locos por la infancia: ¿quién teme a los pedófilos?”, que invitaba a saber más sobre la “erótica pueril”, en compañía de Schérer, Hocquenghem y Matzneff.

Cuarenta años más tarde, el movimiento propedofilia ha desaparecido. Gabriel Matzneff y todos los demás no han tenido problemas ante la Justicia en este tiempo. Según nuestras informaciones, un célebre fotógrafo que todavía vive y, en tiempos, a la vanguardia pedófila, abusó también de menores con toda impunidad. Esa es la consecuencia última de esta historia monstruosa, engendrada por la izquierda libertaria. “Hay una enorme distorsión entre la base de la sociedad horrorizada por estos testimonios y unas élites para quienes la protección de la infancia no es un reto, por pura conveniencia o apetencias personales” dice Marie Grimaud, abogada de la asociación “Inocencia en peligro”. Y eso no ha cambiado desde los años 80. “Francamente, la pedocriminalidad no es un tema que apasione en política. Algunos responsables se manifestaron cuando el #MeToo solo porque estaba de moda…” confiaba hace poco un asesor ministerial. “Durante mucho tiempo, la pedocriminalidad ha sido considerada como una fatalidad…”.

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